Cuentos cortos con imágenes

Los cuentos son creaciones de la imaginación necesarias, que abren para los niños nuevos universos insospechados y los llenan de emoción. A continuación presentamos la mejor lista de cuentos cortos infantiles para compartir.

Cuentos cortos infantiles

El niño y los clavos

Había un niño que tenía muy mal carácter. Un día su padre le dio una bolsa con clavos y le dijo que cada vez que perdiera la calma, clavase un clavo cerca del patio de la casa. El primer día el niño clavó 37 clavos. Al día siguiente, menos y así el resto de las jornadas. El pequeño se iba dando cuenta que era más fácil controlar su genio y su mal carácter que tener que clavar los clavos en la cerca. Finalmente, llegó el día en que el niño no perdió la calma ni una sola vez y fue alegre a contárselo a su padre. ¡Había conseguido, finalmente, controlar su temperamento! Su padre, muy contento y satisfecho, le sugirió entonces que por cada día que controlase su carácter, sacase un clavo de la cerca. Los días pasaron y cuando el niño terminó de sacar todos los clavos fue a contárselo a su padre.

Entonces el padre llevó a su hijo de la mano hasta la cerca y le dijo:

“Has trabajado duro para clavar y quitar los clavos de esta cerca, pero fíjate en todos los agujeros que quedaron. Jamás será la misma. Lo que quiero anunciar es que cuando dices o haces cosas malas, te enfadas y dejas una cicatriz, como estos agujeros en la cerca. Ya no importa que pidas perdón. La herida siempre estará allí. Y una herida física es igual que una herida verbal. Los amigos, así como los padres y toda la familia, son verdaderas joyas a quienes hay que valorar. Ellos te sonríen y te animan a mejorar. Te escuchan, comparten una palabra de aliento y siempre tienen su corazón abierto para recibirte”.

Las palabras de su padre, así como la experiencia vivida con los clavos, hicieron que el niño reflexionara sobre las consecuencias de su mal genio. Y colorín colorado, este cuento ha acabado.

El papel y la tinta

Había una hoja de papel sobre una mesa, junto a otras iguales a ella, cuando una pluma, bañada de negrísima tinta, la manchó completa y la llenó de palabras.

“¿No podrías haberme ahorrado esta humillación?”, dijo enojada la hoja de papel a la tinta. “Tu negro infernal me ha arruinado para siempre”.

“No te he ensuciado”. repuso la tinta. “Te he vestido de palabras. Desde ahora ya no eres una hoja de papel sino un mensaje. Custodias el pensamiento del hombre. Te has convertido en algo precioso”.

En ese momento alguien que estaba ordenando el despacho vio aquellas hojas esparcidas y las juntó para arrojarlas al fuego. Sin embargo, reparó en la hoja “sucia” de tinta y la devolvió a su lugar porque llevaba, bien visible, el mensaje de la palabra. Luego, arrojó el resto al fuego.

Uga, la tortuga

“¡Caramba, todo me sale mal!”, se lamentaba constantemente Uga, la tortuga. Y no era para menos: siempre llegaba tarde, era la última en terminar sus tareas, casi nunca ganaba premios por su rapidez y para colmo amaba dormir. “¡Eso tiene que cambiar! “, se propuso un buen día, harta de que sus compañeros del bosque le recriminaran por su poco esfuerzo. Y optó por no hacer nada, ni siquiera tareas tan sencillas como amontonas las hojitas secas caídas de los árboles en otoño o quitar las piedrecitas del camino a la charca.

“¿Para qué preocuparme en hacerlo si luego mis compañeros lo terminarán más rápido? Mejor me dedico a jugar y a descansar”.

“No es una gran idea”, dijo la hormiguita. “Lo que verdaderamente cuenta no es hacer el trabajo en tiempo récord, lo importante es hacerlo lo mejor que sepas, pues siempre te quedarás con la satisfacción de haberlo conseguido. No todos los trabajos necesitan obreros rápidos. Hay labores que requieren más tiempo y esfuerzo. Si no lo intentas, nunca sabrás de lo que eres capaz de hacer y siempre te quedarás con la duda de qué habría sucedido si lo hubieras intentado alguna vez. Es mejor intentarlo y no conseguirlo, que no hacerlo y vivir siempre con la espina clavada. La constancia y la perseverancia son buenas aliadas para conseguir lo que nos proponemos, por eso te aconsejo que lo intentes. Podrías sorprenderte de lo que eres capaz”.

“¡Hormiguita, tienes razón! Esas palabras son las que necesitaba: alguien que me ayudara a comprender el valor del esfuerzo: prometo que lo intentaré.”

Así, Uga, la tortuga, empezó a esforzarse en sus quehaceres. Se sentía feliz consigo misma pues cada día lograba lo que se proponía, aunque fuera poco, ya que era consciente de que había hecho todo lo posible para conseguirlo.

He encontrado mi felicidad: lo que importa no es marcarse metas grandes e imposibles, sino acabar todas las pequeñas tareas que contribuyen a objetivos mayores.

Cuentos para leer con niños

El león y la espina

Había una vez un león que vivía en el bosque y se alimentaba de las presas que encontraba a su paso. Un buen día, durante un lindo paseo, el pobre animal se clavó una espina en la pata e intentaba sin éxito sacársela porque sufría dolor al apoyarla. En su camino se cruzó un pastor que iba con su rebaño.

El león, algo desesperado por la molestia, le pidió al pastor que se la extrajera y aunque este no estaba muy convencido de acercarse a él, finalmente accedió a ayudar al animal. Tras extraerle la espina, el pastor continuó su camino sin que el león intentara hacerle daño. Puesto que recientemente había devorado a otro cabrero, decidió perdonarle la vida.

Pasado el tiempo, el pastor fue condenado a morir en el anfiteatro, arrojado a los leones a causa de una falsa acusación. Llegó el día de la sentencia y cuando todos los leones se disponían a devorar al pobre pastor, el león que había sido ayudado por el pastor, lo reconoció y gritó: “Este es el hombre que me sacó la espina de la pata”.

Al oír dichas palabras, todas las fieras se sorprendieron y decidieron no darle bocado por haber ayudado a un compañero suyo.

El gato y los ratones

Érase una vez un gato muy pillo conocido por su peculiar nombre; Rodilardo se llamaba. El travieso gato era el temor de todas las ratas y ratones de la aldea donde vivía, pues le encantaba disfrutar cazándolas.

Durante algunos ratos del día el gato se dedicaba a vigilar las madrigueras donde las ratas y ratones se escondían para mantenerse a salvo. Esos pequeños animalitos le temían mucho.

Rodilardo también estaba interesado en encontrar una linda gatita para casarse y se paseaba por los tejados con asiduidad buscando a la que sería su esposa. Un buen día, mientras él se encontraba en esos menesteres, los ratones y ratas se reunieron para hablar y buscar remedios a su miedo.

La mayor y más inteligente de las ratas tuvo una idea y la expuso a sus compañeros: “Amigos, nuestro mal puede tener remedio. Si le atamos un cascabel al gato en el cielo, podremos escuchar cuando se acerca y tendremos tiempo para huir antes de que nos asuste”. A todas las ratas y ratones les pareció una magnífica idea y tenían claro que esa era la solución ideal. De forma unánime aplaudieron entusiasmados la propuestas. Pasados unos instantes, las ratas y ratones fueron reaccionando ¿Quién le pondría el cascabel al gato?

Tres ratones envidiosos

Había una vez tres ratones muy envidiosos; querían todo para ellos solos. Pero cuando llegaba a visitarlo un vecino, ellos escondían todo el queso que tenían guardado.

De pronto se acercó un gato muy peludo, asomó su nariz en el agujero y los ratones envidiosos se arrinconaron muy asustados. Cuando gritaron, el vecino los escuchó y se acercó al gato lleno de valor y como pudo lo alejó de la puerta. Quedó tan cansado el pobre ratón que los envidiosos salieron a agradecerle el favor y por fin lo invitaron a comer.

Todos muy felices disfrutaron de un estupendo platillo de queso y entre risas recordaban al felino que corrió muy enojado.

Cuentos con valores

El gatito dormilón

Había una vez un gato muy dormilón que se pasaba los días y las tardes enteras echado en el sofá. Siempre se preguntaban qué es lo que hacía para quedar tan exhausto, pero nadie lo veía haciendo otra cosa que no fuera descansar.

Una noche su dueño tuvo la idea de ir a buscarlo y ver si también dormía toda la noche, pero mientras bajaba la escalera pudo observarlo. Ahí estaba él, sentado frente al acuario, viendo cómo dormía la tortuga. Sólo se quedó allí mirando en silencio su gato, despierto y sereno estaba cuidando el sueño de su amiga tortuga.

Al día siguiente pudo verlo como de costumbre, durmiendo en el sofá y entonces pudo comprender el porqué de su sueño durante el día, pero no notó que la tortuga también lo cuidaba desde su sitio.

El señor Zafiro

Había una vez un señor con un nombre muy bonito: se llamaba Zafiro. A Zafiro le gustaba vender papaya, zapotes, etc..

Él era un hombre honrado y trabajador, le gustaba ayudar mucho a las personas que lo necesitaban. Era investigador del núcleo de las células y los números de matemáticas.

Realizaba estas labores porque quería ser alguien en la vida. Realmente era lo que más le gustaba y tenía el gran sueño de ser escritor. Lo consiguió gracias a su tesón, a su continuo trabajo duro, su esfuerzo y afán de superación.

La gallina de los huevos de oro

Había una vez un pobre labrador que vivía en el campo. Tan solo subsistía con la ayuda de una vaca a la que ordeñaba para alimentarse de leche y con otras frutas y verduras, que se encontraba por el campo. Un buen día, mientras trabajaba y se lamentaba de su mala suerte, un duendecillo le dijo. “Buen caballero, he visto la situación tan precaria en que vives y quiero ayudarte a cambiar tu suerte. Te regalo esta gallina, que es tan maravillosa, que todos los días te pondría un huevo de oro”.

El hombre, estupefacto y sin ser muy consciente de lo que había pasado, cogió la gallina y se la llevó a su corral, mientras el duende desaparecía.

A la mañana siguiente, el labrador acudió a ver a la gallina y se sorprendió cuando encontró un huevo de oro. Lo agarró, lo guardó a buen recaudo en una cestita y se dirigió a la ciudad con intención de venderlo. Allí lo puso en venta por un precio razonable y volvió a casa.

Al día siguiente regresó al corral para ver a la gallina y encontró otro huevo de oro y se alegró mucho. “Ya no existirán más días de penurias”, pensaba el labrador. Cada día se levantaba temprano recogía el huevo de oro y lo vendía al pueblo.

Se estaba haciendo el hombre más rico de la comarca, cuando un día pensó “¿Por qué esperar todos los días a que la gallina ponga un huevo? Si la mato conseguiré toda la riqueza de repente”. Y así procedió, la mató, la abrió y no encontró nada, solo vísceras y tripas, era una gallina igual que las demás y se quedó sin la gallina y sin la fortuna.

Cuentos cortos educativos

La aventura del agua

Un día que el agua se encontraba en el soberbio mar sintió el caprichoso deseo de subir al cielo. Entonces se dirigió al fuego y le dijo:

“¿Podrás ayudarme a subir más alto?”

El fuego aceptó y con su calor la volvió más ligera que el aire, transformándola en un sutil vapor. El vapor subió más y más en el cielo, voló muy alto, hasta los estratos más ligeros y fríos del aire, donde ya el fuego no podía seguirlo. Entonces las partículas de vapor, llenas de frío, se vieron obligadas a juntarse, se volvieron más pesadas que el aire y cayeron en forma de lluvia. Había subido al cielo invadidas de soberbia y recibieron su merecido. La tierra sedienta absorbió la lluvia y,, de esta forma, el agua estuvo durante mucho tiempo prisionera en el suelo, purgando su pecado con una larga penitencia.

Una niña que se sentía sola

Había una vez una niña que se sentía sola, quería un animalito para jugar y quererlo.

Los padres de la niña le dieron una sorpresa y se levantaron temprano para comprarle un perrito y sorprenderla. Querían verla muy feliz. Llegaron con el perrito y lo pusieron en la cama de la niña sin que ella se diera cuenta. Después de unos minutos la pequeña se levantó.

La niña se puso a pensar: “¿Soñé con un perrito?” Y nada más decir esto escuchó un ladrido y ahí estaba el perrito, debajo de la sabana. Ella se puso muy contenta y dijo que nunca más jugaría sola.

La gratitud de la fiera

Androcles, un pobre esclavo de la antigua Roma, en un descuido de su amo, escapó al bosque. Buscando refugio seguro encontró una cueva y al entrar, ante la luz débil que llegaba del exterior, el joven descubrió un soberbio león. Se lamía la pata derecha y rugía de vez en cuando. Androcles, sin sentir temor, se dijo:

“Este pobre animal debe estar herido. Parece como si el destino me hubiera guiado hasta aquí para que pueda ayudarle. Vamos, amigo, no temas, te ayudaré”.

Así, hablándole con suavidad, Androcles venció el recelo de la fiera y tanteó su herida hasta encontrar una flecha clavada profundamente. Se la extrajo y luego le lavó la herida con agua fresca.

Durante varios días el león y el hombre compartieron la cueva, hasta que Androcles, creyendo que ya no lo buscarían decidió salir. Varios centuriones romanos armados con sus lanzas cayeron sobre él y lo llevaron prisionero al circo. Pasados unos días, fue sacado de su pestilente mazmorra. El recinto estaba lleno a rebosar de gente ansiosas de contemplar la lucha. Androcles se aprestó a luchar con el león que se dirigía a él. De pronto, con un espantoso rugido, la fiera se detuvo en seco y comenzó a restregar cariñosamente su cabezota contra el cuerpo del esclavo.

“¡Sublime!¡Es sublime! ¡César, perdona al esclavo, pues ha sometido a la fiera!”, gritaban los espectadores.

El emperador ordenó que el esclavo fuera puesto en libertad. Sin embargo, lo que todos ignoraron era que Androcles no poseía ningún poder especial y que lo que había ocurrido no era sino la demostración de gratitud del animal.

Imágenes de cuentos cortos